Es cierto, el mundo será mejor sin Osama bin Laden. O al menos debería serlo, porque a decir verdad, el terror parece ir ganando por goleada. Por lo pronto, sus discípulos y émulos, tan insanos como él, andan sueltos, amenazando con lanzar una bomba atómica o lo que sea que tengan, sobre alguna ciudad europea. La idea es descabellada por cuanto Europa es el lugar de residencia de millones de árabes musulmanes, cuya presencia resulta lo suficientemente amenazadora como para que buena parte de la población reviva las desteñidas banderas del nacionalismo xenófobo.
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