El antisemitismo no desaparece: se transforma. Cambia de lenguaje, de soportes y de legitimaciones, pero conserva su núcleo: la construcción del judío como enemigo simbólico, como explicación de los miedos sociales. Hoy no siempre grita odio: muchas veces se presenta como “revelación”, “denuncia” o “verdad oculta”. La Argentina conoce bien ese recorrido.