El operativo que causó la muerte de Bin Laden tuvo sabor a revancha, violó normas de Derecho Internacional y concluyó con un festejo callejero por la muerte de una persona. Esos actos serían condenables si no se tratara del líder de Al Qaeda, el terrorista que tuvo en vilo a Occidente en la última década. Porque, reconozcan, cuesta ponerse puntilloso y sentir compasión por un hombre que barrió con miles de vidas de inocentes en aras de una ideología islamita radical y tan perimida como el Califato de Córdoba.