EL júbilo mundial por la caída de Hosni Mubarak es atemperado por la incertidumbre sobre el rumbo que tomará su reemplazo en el gobierno de Egipto. Las masivas protestas populares, con participación mayoritaria de jóvenes, lograron su objetivo de terminar con 30 años de un régimen represivo y retrógrado. Pero sus reclamos de democracia, respeto a las libertades básicas y oportunidades de desarrollo individual dependen de lo que ocurra en los próximos meses en un país cuyo pueblo jamás conoció el estado de derecho. Y de la sucesión a Mubarak depende también que el perdurable incendio latente en Medio Oriente se mantenga bajo cierto control o vuelva a estallar en llamaradas incontenibles.