Pareciera que el ayer y el hoy hubieran quedado aunados como si el paso del tiempo, la enseñanza de la historia y los horrores de la guerra no nos hubieran modificado en nada. Por lo tanto, lo que sí hemos aprendido es que la pulsión de muerte no es domesticable y que cuando ésta desata su lado más oscuro y siniestro, se manifiesta de la forma menos esperada y por ende nos sorprende, incluso en aquellos que no calculábamos que nos dieran a ver esa hilacha malvada de su ser.