Durante cuatro décadas, el clan Al-Assad ha dominado con puño de hierro a los sirios. Hoy el país se divide en dos. Unos apoyan al gobernante y su élite que intenta perpetuarse en el poder, mientras otros buscan derrocarlo exigiendo libertad y cambios. Suníes frente a chiítas alauitas; nacionalismo y laicismo frente a integrismo, todo en el marco de la denominada y contradictoria “primavera árabe”, de la cual todos buscan sacar sus réditos. Las escenas de represión se suceden, pero la cuenta atrás de Bachar al Assad ha comenzado hace meses. Siria es un aliado estratégico del régimen teocrático iraní. Es uno de uno de los pocos que tiene el régimen chiíta persa en el mundo árabe. Siria es el soporte de grupos terroristas y fundamentalistas como Hezbolá en Líbano y uno de los causantes de haber sumido al Líbano en la desintegración, y es un apoyo esencial para Hamas, porque no importa las divisiones entre chiísmo y sunismo. Las diferencias quedan relegadas ante el mismo odio hacia el Estado judío. El apoyo de Teherán es hoy clave para Damasco.