Hace dieciocho años, a los bahá’ís en la ciudad iraní de Sanandaj se les asignó una parcela de una hectárea de terreno árido en la orilla de un camino para usarse como cementerio. Este pendiente rocoso, desprovisto de vegetación, no era un terreno de primera, pero después del primer entierro en ese sitio en el otoño de 1993, los bahá’ís del lugar se reunieron para ajardinarlo, extraer las rocas y mejorar el suelo. Plantaron y regaron a mano 250 cipreses y árboles de abeto, aportados por la Oficina de Agricultura. Instalaron energía eléctrica y levantaron un pequeño cuarto a usarse para preparar los cuerpos para el entierro.