Toulouse, Francia, el islam

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Toulouse, Francia, el islam

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La policía ha estado bien. Sé que los comentarios sobre los métodos del RAID, la duración del asedio y la violencia del asalto han animado considerablemente las charlas de café. También sé que algunos detectives de salón, profetas a toro pasado y autoproclamados expertos en seguimientos por la región tolosana, no han dudado en declararse asombrados de que no se identificase, o incluso neutralizase, al futuro asesino antes de que pasara a la acción. Dado que Francia es un Estado de derecho y que la posibilidad de cometer un crimen solo es delito en las películas de ciencia ficción, no nos vamos a detener en el segundo reparo. En cuanto al primero, pasa por alto que los policías, arriesgando sus propias vidas, hicieron todo lo posible para preservar la del autor de la masacre, y solo se decidieron a disparar en última instancia, cuando no les quedó otra opción. Esa es la realidad. Lo demás no es sino charlatanería o, a veces, irresponsabilidad.

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El color de la hipocresía

El color de la hipocresía

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No hace mucho aún la vi en una revista. Bella, elegante, icono de la mujer árabe, luchadora de los derechos de la mujer y los niños…, el paradigma del glamur. Eran los tiempos en que su marido era amigo de la ONU, lo invitaban a presidir la comisión de derechos humanos, y en la Internacional Socialista era un miembro prominente. En esos tiempos, Asma el Asad era el ejemplo del avance árabe, con esos aires de occidental pasada por Tiffany, compañera ideal del otro gran icono de la región, la bella Rania, mujer del rey de Jordania. En esos tiempos tan cercanos, su marido ya era un dictador brutal que reprimía sin miramientos a cualquier tipo de oposición, haciendo honores a su padre, Hafiz el Asad, cuyas anchas espaldas soportaban la carga de sus miles de muertos. ¿Cuántos mató en Hama, 20.000, 30.000? Ni la ONU lo sabe con seguridad, pero ello no fue óbice para que fuera bienvenido en todos los despachos.

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