Uno de los ejemplos más claros de las ambivalencias en las que se ha movido la figura de Erdogan es el de la forma peculiar en la que se desarrollan las relaciones entre Turquía e Israel. Cualquiera pensaría que dadas las diatribas antiisraelíes que constantemente emite Erdogan —diatribas que no se limitan a una crítica o condena a las políticas específicas del gobierno de Jerusalén, sino que se muestran pletóricas de retórica antisemita en su más burda expresión— las relaciones entre los dos países deberían de haber colapsado desde hace mucho. Y sin embargo, nada más alejado de eso.