Por desgracia estamos acostumbrados a casi todo, pero por fortuna nos resulta especialmente repugnante que se mate a la gente por su origen étnico o adscripción religiosa, y el máximo de la abominación sigue siendo que sean niños las víctimas del asesinato premeditado. El terrorista de Toulouse rebasó ese máximo, sujetando a una niña por el pelo mientras recargaba su arma, para a continuación arrebatarle su vida en venganza por pequeñuelos palestinos que nunca jamás han sido objeto de semejante monstruosidad, si bien, quienes dicen defenderlos no dejan de utilizarlos como escudos y cultivarlos como mártires desde que se tienen en pie.