Llegó a su fin la pesadilla de Toulouse, pero como en toda pesadilla, los momentos posteriores son de pesadumbre. Nadie puede digerir el hecho de que un hombre entre en un colegio y elija a sangre fría a tres chicos para asesinar. No hay manera de metabolizar esto, y por eso sobreviene la frustración de que el asesino haya muerto, porque uno hubiera querido que enfrente la justicia humana, no la promesa de una justicia divina. Morir es salir demasiado fácil de la situación, como lo grafica su saltar por la ventana. Si «el que a hierro mata a hierro muere», suena una equivalencia justa para quien perpetra los actos, no es ni por asomo justo para quien los ha padecido. El saldo es el gusto amargo de la injusticia y de lo que no podrá ser saldado, ya que la muerte no es un precio suficiente para quien ejecutó a esos tres chicos judíos, además de sus previas víctimas. Este hombre debería haber enfrentado un juicio, sumado al otro infierno, uno imagina, que es una conciencia condenada a pensar por el resto de su vida en lo que ha hecho.