Los yihadistas utilizan a muchachas yasidíes para este propósito, alegando que está permitido por su religión
Los yihadistas utilizan a muchachas yasidíes para este propósito, alegando que está permitido por su religión
Hace tres años y medio, poco más o menos, una crisis estallada en Túnez se convirtió, con el correr de los días, en una ola revolucionaria que se expandió al resto del mundo musulmán sin pedir permiso. Dictadores todopoderosos fueron corridos o muertos en cuestión de días. Regímenes hasta ese momento a prueba de balas resultaron borrados de la faz de la tierra en medio de la algarabía y el beneplácito de Occidente, que, además de fogonear la insurrección en Libia, Egipto, Túnez y Siria, bautizó a esa tea encendida con el nombre de «primavera árabe».
Continuadoras de los crímenes de Al Qaeda y las brutalidades de los Ayatolás, las atrocidades yihadistas en la frontera sirio-iraquí nos enfrentan a una verdad patética: ¡el siglo XXI está en guerra de religión!
Según cifras del IDCM, el Observatorio de Desplazamiento Interno (por sus siglas en inglés), una organización sin fines de lucro internacional, se estima que, como resultado del avance del Estado Islámico (EI), por lo menos más de 1.3 millones de iraquíes han sido desplazados entre el primero de diciembre de 2013 y el 18 de agosto de este año. Aunque no podemos contar aún con cifras precisas, a esta altura existe suficiente evidencia que se están llevando a cabo matanzas sistemáticas cometidas por los yihadistas contra prisioneros de guerra, opositores políticos, y minorías religiosas como cristianos y yazidíes.