Tras el accidente del avión ruso en la península egipcia de Sinaí el pasado 31 de octubre, la atención internacional giró hacia un grupo afiliado al autodenominado Estado Islámico (EI) que dijo haber sido responsable del desastre donde murieron 224 personas. Pero Sinaí, un vasto desierto escasamente poblado, principalmente por beduinos, ha sido desde hace tiempo un campo de proliferación de movimientos yihadistas.