Alejandro Magno visitó Israel, uno de los territorios que heredó de los persas. Cuando llegó a Jerusalén exigió lo que se consideraba en esos tiempos un gesto normal de sumisión por parte de los pueblos que ahora formaban parte de su imperio: erigir la estatua de Zeus, el dios superior de los griegos, en el Templo principal. Adorar a los dioses que le otorgaron el triunfo al vencedor, era reconocer al vencedor. Negarse a reconocer a esos dioses se consideraba un signo de rebelión e insurrección contra el vencedor. Todos los pueblos de la región siguieron esta práctica sin ningún problema. Con una sola excepción… Nuestros antepasados se negaron rotundamente a erigir una estatua a un ídolo pagano en nuestro Bet Hamikdash.
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