«Lejos de preparar a las nuevas generaciones para la paz, las organizaciones palestinas los preparan para el conflicto eterno, alejan cualquier posibilidad de salida razonable y mantienen el mito de que Israel puede desaparecer.»
«Lejos de preparar a las nuevas generaciones para la paz, las organizaciones palestinas los preparan para el conflicto eterno, alejan cualquier posibilidad de salida razonable y mantienen el mito de que Israel puede desaparecer.»
Aunque desde las últimas elecciones en Israel, en marzo de este año, cabe presentar a la Dra. Anat Berko como diputada del partido Likud, nos dirigimos a ella estos días por su especialización en terrorismo y seguridad. Berko sirvió durante 25 años en las Fuerzas de Defensa de Israel, se retiró con el rango de Teniente Coronel, y se ha dedicado también a la actividad académica, dictando clases en el Instituto Interdisciplinario de Hertzlia sobre su especialidad.
Un estudio dado a conocer recientemente por la fundación norteamericana «Population Action Internacional» llegó a la conclusión de que gran parte de los conflictos internacionales de mayor gravedad de los últimos tiempos – Irak, Afganistán, Sudán y Congo – se produjeron en países que tienen de común una población muy joven. Según el informe, el 80% de los conflictos que estallaron entre las décadas del ’70 y ’90 se llevaron a cabo en países en el que al menos el 60% de la población tiene menos de 30 años.
Una pregunta retorna, cada vez que el odio estalla, como sucede ahora, en Palestina: ¿por qué fracasaron los acuerdos de Oslo? Porque su lógica se asentaba sobre una racionalidad demasiado obvia: que un Estado moderno puede ser consolidado sobre cualquier territorio y, con ayuda económica inicial, gestar una sociedad próspera. Así sucedió con Israel, a partir de 1948. No hubiera debido existir obstáculo para que igual pasara con Cisjordania y Gaza tras los acuerdos de 1993.