Diez minutos es el tiempo que tenía Mauricio Rosencof para convencer a su padre de que él era él, su hijo, en una visita al cuartel de Paso de los Toros que había sido permitida justamente para que el padre supiera que su hijo, Mauricio, estaba vivo. Su padre no lo reconoce, sin embargo; no cree que esa persona, transformada por la brutalidad de los interrogatorios, sea su hijo. Su único hijo.