Las grandes revoluciones constituyen un espectáculo desagradable. Son largas, sangrientas y de final incierto. Por el momento, el fenómeno histórico que alguien bautizó con el delicado nombre de primavera árabe exhibe todos los atributos revolucionarios. Con alguna característica adicional que lo hace especialmente inquietante para Europa: ocurre muy cerca, en una región de vital importancia geoestratégica para el planeta y en un momento en el que la población europea, alarmada por la inmigración, la crisis económica y el terrorismo, tiende a cobijarse en ideologías reaccionarias. Lo que en enero suscitaba cierta simpatía provoca ahora escepticismo, miedo o, en los sectores más receptivos al fenómeno, reacciones de impaciencia. La primavera árabe, sin embargo, no ha hecho más que empezar.