A nueve meses de comenzada, a dónde está llevando la primavera árabe.
3-9-2011
ENRIC GONZÁLEZ, El País de Madrid
Las grandes revoluciones constituyen un espectáculo desagradable. Son largas, sangrientas y de final incierto. Por el momento, el fenómeno histórico que alguien bautizó con el delicado nombre de primavera árabe exhibe todos los atributos revolucionarios. Con alguna característica adicional que lo hace especialmente inquietante para Europa: ocurre muy cerca, en una región de vital importancia geoestratégica para el planeta y en un momento en el que la población europea, alarmada por la inmigración, la crisis económica y el terrorismo, tiende a cobijarse en ideologías reaccionarias. Lo que en enero suscitaba cierta simpatía provoca ahora escepticismo, miedo o, en los sectores más receptivos al fenómeno, reacciones de impaciencia. La primavera árabe, sin embargo, no ha hecho más que empezar.
Es muy pronto para evaluar la magnitud del terremoto diplomático, comercial y demográfico, y para trazar el contorno de sus consecuencias. La última revolución registrada en la región fue la iraní, en 1979, y su onda expansiva sigue haciéndose sentir con fuerza a través de Hezbolá en Líbano, de Hamás en los territorios palestinos y de la dinastía El Asad en Siria.
Lo que se intuye ya con alguna claridad es que el libro de referencia para interpretar estos compases introductorios no parece El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington, donde se vaticinaba una era de conflicto permanente entre Occidente y el Islam, sino más bien Orientalismo, de Edward Saïd. En su obra, el palestino proclamó que Occidente solo era capaz de mirar el mundo árabe a través de un caleidoscopio de prejuicios y de un profundo complejo de superioridad, por lo que su visión sufría una distorsión que de alguna forma alcanzaba a la visión que los árabes tenían de sí mismos.
Cada vez que los políticos y los comentaristas auguran un rápido tránsito a «la libertad y la democracia» como hizo George W. Bush en 2003 refiriéndose a Afganistán o como acaba de hacer el británico David Cameron en referencia a Libia, se homenajea a Saïd. Ni Afganistán ni Libia han tenido jamás instituciones sólidas, o un sistema judicial al margen de las tradiciones clásicas, o una clase media, y eso hace improbable que se conviertan en sociedades de tipo occidental en un futuro previsible. Ocurre que las palabras «libertad» y «democracia» funcionan en estos casos como código justificador de las intervenciones bélicas de tipo neocolonial, y encubren tanto el desconocimiento como los intereses poco confesables.
El simple hecho de generalizar y de englobar dentro de la primavera árabe a países tan distantes y distintos como Marruecos, Libia, Siria, Egipto o Bahréin, unidos solamente por el idioma y los gobiernos represivos o estrictamente tiránicos, complica las cosas. Y fomenta el prejuicio orientalista. Como cuando se atribuye a las poblaciones árabes un resentimiento antioccidental que solo está en la gastada retórica de los déspotas.
Los riesgos son muy grandes, tanto para las poblaciones directamente implicadas como para sus vecinos y en general para el mundo. El riesgo principal no consiste en la guerra, sino en la guerra crónica que caracteriza el colapso del Estado o su inexistencia. Y no existe una fórmula que permita predecir qué país va a convertirse en un fracaso, en un espacio sin ley, fértil en bandas armadas y acogedor para el terrorismo. Somalia fracasó, pero Etiopía, en condiciones similares, va tirando.
El invento libio. Libia, un invento de hace medio siglo cuya población se dedicaba, hasta el hallazgo de petróleo, a vender la chatarra militar abandonada por sus invasores, tiene cosas similares a las de Somalia e induce al pesimismo.
La guerra de Libia es la primera en la primavera árabe y muestra rasgos muy específicos. Por primera vez desde la desastrosa invasión del canal de Suez, en 1956, Francia y Reino Unido se han aliado para una intervención militar en el extranjero sin la tutela de Estados Unidos, escarmentado por las guerras de Afganistán e Irak y deseoso de asumir un papel muy secundario, casi invisible. Sin los bombardeos francobritánicos, apoyados en la estructura de la OTAN, y sin los soldados de élite enviados para ayudar a los rebeldes (aunque oficialmente no haya tropas de tierra), Muamar Gadafi seguiría retozando en su jaima de Trípoli. Pero ese apoyo militar, reclamado por jefes rebeldes, contamina el futuro del país.
El Foreign Office británico insiste en que la intervención era necesaria por razones humanitarias y, sobre todo, para evitar que la crisis arrojara sobre las costas europeas grandes oleadas de inmigrantes y terroristas. No existe ninguna garantía de que eso se haya evitado. Lo que se procura no nombrar, después de las tropelías cometidas en Irak, es el petróleo. Incluso creyendo que el petróleo ligero libio, uno de los mejores y el más fácil de transportar a Europa por la evidente proximidad, no ha constituido un factor determinante en la actitud de Londres y París, ¿quién no interpretará las futuras concesiones petroleras a compañías británicas y francesas como una forma de pago? En los meses próximos, ¿será posible mantenerse al margen de una evolución política previsiblemente caótica? Libia compendia casi todo lo que puede ir mal en el proceso de cambio árabe.
Alguna consecuencia negativa de la guerra en Libia se percibe ya en Medio Oriente. Grandes cantidades de armas, en parte proporcionadas por países de la Unión Europea en estos últimos meses, han salido del país y se venden en el mercado negro. Egipto e Israel coinciden en que cada vez son más las caravanas de armamento clandestino vendido por grupos rebeldes libios que cruzan el desierto del Sinaí para dirigirse a organizaciones armadas como Jihad Islámica. Esas caravanas no desembocan siempre en Gaza. Aunque no existe confirmación oficial, el nuevo gobierno de El Cairo admite que al menos tres de los participantes en los recientes ataques terroristas en Israel eran egipcios, no palestinos, y podrían considerarse la expresión de una incipiente nueva generación de guerrilla islamista en los amplios espacios del Sinaí.
Lo cual no significa que la primavera árabe conduzca a una eclosión del islamismo y a la creación de sistemas religiosos. Ese es uno de los grandes temores europeos, y una de las muchas paradojas de la situación: cuesta concebir una tiranía religiosa más severa que la impuesta por el régimen wahabí en Arabia Saudí, uno de los más antiguos aliados de lo que llamamos Occidente. Y a la vez, cierto, el principal financiador de los movimientos salafistas que preconizan la guerra santa.
El misterio sirio. Resulta complejo analizar lo que está sucediendo en Siria, porque el régimen de Bachar el Asad no permite la estancia de periodistas extranjeros y solo realiza alguna invitación selectiva con fines propagandísticos. Dada la fidelidad que el Ejército sirio ha mantenido hasta ahora hacia El Asad, no ha estallado una guerra como en Libia sino una campaña de protestas civiles que el gobierno reprimr con dureza y ocasionales arrebatos de sadismo.
La ausencia de información independiente y fiable ha permitido a ambos bandos, el centralizadísimo régimen dictatorial y la difusa constelación de comités de coordinación que impulsan las protestas, mentir con liberalidad. Damasco, por ejemplo, insiste en que no hay manifestaciones significativas sino solo acciones terroristas de bandas armadas. Los comités de coordinación y los activistas que ejercen como portavoces, necesitados de atraer la atención internacional, inventan a su vez bulos como el supuesto cañoneo de ciudades desde buques de guerra.
La oposición siria, a diferencia de la oposición libia (cuyos dirigentes eran hasta hace poco miembros de la élite gadafista), no ha pedido la ayuda de la OTAN ni apoyo militar alguno. Alepo, la principal ciudad del país, y Damasco, la capital, se mantienen en relativa calma, lo que concede al régimen un margen vital. Más allá de un goteo informativo compuesto por recuentos de víctimas no del todo fiables (la ONU estima unas 2.500 en total, desde marzo hasta ahora) y relatos no siempre creíbles sobre la brutalidad del régimen, hierve un debate intelectual y político de gran riqueza. La revuelta de Siria carece de líderes, cosa que inquieta en Europa y Estados Unidos porque sería mucho más fácil cambiar a un presidente por otro y propiciar algo parecido a una reforma, y un cambio de programa. Solo se aspira a derribar al dictador y comenzar de nuevo. Es decir, se aspira estrictamente a la revolución.
En esta región las paradojas son recurrentes y el fundamentalismo islámico no es siempre monolíticamente retrógrado. En Líbano, un país desgajado de Siria por las potencias coloniales y tan fragmentado como Siria en grupos religiosos, se puede pasear por un barrio controlado por la milicia chií Hezbolá (Partido de Dios) y ver en las vallas publicitarias anuncios de corsetería que tal vez no se tolerarían, por exceso de erotismo o por utilización de la mujer como objeto sexual, en algunas ciudades europeas. Líbano, que en la década de 1980, fue invadido por Israel y martirizado por una guerra civil a múltiples bandos, no solo se consideraba un país fracasado sino muerto y enterrado. Pero hoy, con Turquía, ejemplo de que en Oriente Próximo pueden existir sistemas políticos capaces de conceder a sus ciudadanos una cierta libertad y una cierta representación en el poder.
Se puede ser muy pesimista respecto a Siria. El régimen creado por Hafez el Asad y seguido por su hijo Bachar muestra rasgos totalitarios, lo cual hace improbable una reforma controlada: si El Asad cae, y parece probable que lo haga a medio plazo por su falta de apoyo externo y su creciente fragilidad económica, habrá que afrontar una revolución, sin la posibilidad de que el Ejército asuma una dictadura teóricamente benevolente como en Egipto, a la espera de elecciones y Parlamento constituyente. Las minorías religiosas (los alauíes que componen la élite del régimen, los cristianos, los drusos, los chiíes) pueden sentirse avasalladas por la minoría mayoritaria de los suníes, que hoy se siente a su vez discriminada por los alauíes y tal vez acumule ansias de revancha. El desastre es posible.
La primavera árabe comenzó en otoño en un país no árabe, Túnez, y es allí donde permite albergar mayor confianza de éxito inmediato. La crisis económica y la explosión demográfica (las sociedades del norte de África y Oriente Próximo se caracterizan por su gran porcentaje de adolescentes y jóvenes sin perspectivas de futuro) fueron una de las causas de la revuelta y ahora actúan como lastre, pero la audacia de ciertas medidas, como la obligación de mantener la paridad de hombres y mujeres en las listas electorales, revela que el cambio es ambicioso.
Egipto, la gran potencia cultural del mundo árabe, aún ofrece numerosas incógnitas, pero la potencia icónica de las concentraciones en la plaza de Tahrir y de la caída de Hosni Mubarak, reducido ahora a la condición de viejo enfermo juzgado por asesinato de masas, fue lo que contagió a otros países la convicción de que los tiranos no eran invencibles y el cambio era posible. De la próxima evolución política en Egipto, muy en especial del resultado de las elecciones presidenciales y parlamentarias (aún sin fecha), dependerá en gran medida el rumbo de la primavera árabe.
Un despertar inquietante
05/Sep/2011
El País, Que Pasa, Enric González (El País de España)