El 11 de septiembre se vivió, de entrada, como imposible. Los testigos no creen lo que están viendo, las desvalidas autoridades se creen en plena ciencia-ficción, los prudentes que quieren mantener el sentido común lo pierden al fabular delirantes conspiraciones (la CIA, los judíos, misteriosos especuladores inmobiliarios). Aun así, lo imposible tuvo lugar y a ese lugar no por casualidad se le nombró Zona Cero, o sea, el espacio devastado de las primeras experiencias atómicas. Tampoco hay casualidad alguna en que las autoridades supremas sean introducidas manu militari en los refugios antinucleares: se ajusta el imposible nuevo al imposible antiguo. El apocalipsis hace acto de presencia, pero no del modo en que estaba previsto a lo largo de la guerra fría. Hay que reaprender a «pensar lo impensable», como lo prescribía un célebre libro de estrategia nuclear de los años cincuenta.
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