Allí estuvieron guardados durante décadas buena parte de los manuscritos que Franz Kafka le entregó a su amigo y póstumo editor Max Brod. Era la casa de la secretaria de Brod, Esther Hoffe, y allí –en la planta baja del edificio de la calle Spinoza de Tel Aviv– vive su hija Eva, que ya ronda los 80 años. Sólo en la ventana hay 10 gatos y, puertas adentro –dicen los vecinos– hay más de 50. El olor a pis de los animales se siente desde la calle. Eva no contesta los golpes a la puerta de este enviado de Clarín , que –en cambio– escucha el reclamo de una vecina poco amistosa que reclama: “Déjenla en paz”.