El presidente iraní Mahmud Ahmadinejad dijo que la insurrección popular egipcia anuncia el surgimiento de un nuevo Medio Oriente islámico, en el cual no habrá señales de Israel ni de la «injerencia» de Estados Unidos.
El presidente iraní Mahmud Ahmadinejad dijo que la insurrección popular egipcia anuncia el surgimiento de un nuevo Medio Oriente islámico, en el cual no habrá señales de Israel ni de la «injerencia» de Estados Unidos.
Aunque no arriesgan quién sería el próximo presidente en caer, varios analistas advierten que si los mandatarios árabes no adoptan cambios «rápidamente», sufrirán las revoluciones de Túnez y Egipto. Para Israel no peligran las relaciones.
EL júbilo mundial por la caída de Hosni Mubarak es atemperado por la incertidumbre sobre el rumbo que tomará su reemplazo en el gobierno de Egipto. Las masivas protestas populares, con participación mayoritaria de jóvenes, lograron su objetivo de terminar con 30 años de un régimen represivo y retrógrado. Pero sus reclamos de democracia, respeto a las libertades básicas y oportunidades de desarrollo individual dependen de lo que ocurra en los próximos meses en un país cuyo pueblo jamás conoció el estado de derecho. Y de la sucesión a Mubarak depende también que el perdurable incendio latente en Medio Oriente se mantenga bajo cierto control o vuelva a estallar en llamaradas incontenibles.
Este es, hoy, el momento mágico de Egipto: ese breve respiro en el que un pueblo, agobiado por la prolongada, estéril y prepotente dominación de un régimen sin ideas, violento, pringoso de corrupción y autocomplacencia, cae bajo el peso de su pudrición y, al así hacerlo, abre la ventana a una vaharada de bienvenida esperanza y expectativa.