Hace poco tiempo, la periodista catalana Pilar Rahola se preguntaba, en un artículo, las razones por las cuales la sociedad occidental «bienpensante» no sale a la calle a denunciar los horrorosos crímenes que el régimen sirio de Bachar al Asad está cometiendo contra su pueblo. En apariencia -decía Rahola-, los únicos excesos condenables que se cometen en el polvorín del Medio Oriente son los que, eventualmente, pueda cometer Israel, única democracia digna de ese nombre en toda el área. La pregunta, que de ninguna manera es retórica, pone el dedo en la llaga y denuncia varias lacras, que afectan a lo que se sigue conociendo en el mundo como «izquierda»: el racismo antijudío, la moralidad acomodaticia (si dos hacen lo mismo, según la simpatía o antipatía que cada uno genere, se condena o se absuelve, o, lo que es peor, se ignora), la estupidez disfrazada de compromiso político.