17-3-2012
BACHAR AL ASAD -PRESIDENTE DE SIRIA
Bachar al Asad no es mejor que Pinochet ni que Videla; ni un poquito. Terminará como ellos, sin duda; pero, mientras ese fasto acontecimiento no llegue, es necesario terminar con esta barbarie desatada
LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS – LINMAICA@HOTMAIL.COM
Hace poco tiempo, la periodista catalana Pilar Rahola se preguntaba, en un artículo, las razones por las cuales la sociedad occidental «bienpensante» no sale a la calle a denunciar los horrorosos crímenes que el régimen sirio de Bachar al Asad está cometiendo contra su pueblo. En apariencia -decía Rahola-, los únicos excesos condenables que se cometen en el polvorín del Medio Oriente son los que, eventualmente, pueda cometer Israel, única democracia digna de ese nombre en toda el área.
La pregunta, que de ninguna manera es retórica, pone el dedo en la llaga y denuncia varias lacras, que afectan a lo que se sigue conociendo en el mundo como «izquierda»: el racismo antijudío, la moralidad acomodaticia (si dos hacen lo mismo, según la simpatía o antipatía que cada uno genere, se condena o se absuelve, o, lo que es peor, se ignora), la estupidez disfrazada de compromiso político.
Todos los actos condenables que Israel pudo haber cometido en sus poco más de 60 años de existencia no resisten una mínima comparación con lo que el régimen sirio de Asad está haciendo con el único objetivo de prolongar su infame dictadura.
Claro, el tirano sirio representa al Partido Baas, que se dice socialista y antimperialista, y ello parece justificar la repugnante complicidad hecha de silencio e indiferencia ante el martirio de un pueblo. Ah, si volviesen a la vida los idealistas generadores del socialismo, de Saint Simon a Kausky, de Blanc a Bernstein, de Bujarin al mismísimo Marx, y vieran a qué se ha reducido el sueño de una sociedad liberada de la explotación del hombre por el hombre.
Bachar al Asad es hijo de Hafez al Asad, que ejerció con mano de hierro el poder el Siria desde 1963; curioso paralelismo con lo peor de las viejas monarquías las de estas dinastías de sedicentes socialistas: Fidel y Raúl Castro en Cuba, Kim Il-sung, Kim Jong-il y Kim Jong-un en Corea, los Asad en Siria. No solo se parecen en esto, sino en los métodos que emplean para mantenerse en el poder, llenando el aire de grandes palabras y promesas de nunca cumplida justicia.
Hace ahora un año que estalló, en el marco de la llamada «primavera árabe», la rebelión contra la dictadura siria. No viene al caso opinar aquí sobre los fines últimos de este gran movimiento, ni sobre la sospecha (que abrigo) de que tiene muy poco que ver con las libertades públicas y mucho, tal vez demasiado, con el integrismo. No se puede ni se debe especular con intenciones políticas cuando están sucediendo horrores como los que nos ocupan: las torturas más abyectas, las uñas arrancadas a los niños por escribir en los muros que no quieren al régimen, el bombardeo despiadado contra la población civil son crímenes de lesa humanidad, y como tal deben ser condenados por todo hombre bien nacido.
Bachar al Asad, médico oftalmólogo, general de un ejército asesino cuyos galones le fueron regalados por ser hijo de quien es, «presidente» votado libremente por nadie, se muestra aferrado a su tambaleante poder con uñas (porque a él nadie se las ha arrancado) de fiera depredadora.
A creer en lo que testifican personas dignas de toda credibilidad, como la periodista española Mónica García Prieto, nadie, ni el tan execrado y difunto Muammar Gadafi, han llegado a semejantes extremos de brutalidad represiva. Y mientras esa tragedia se desarrolla día a día ante los ojos de toda la humanidad, ¿qué hacen los líderes de la muy democrática Europa? ¿Dónde están los «corredores sanitarios» que se constituyeron en Libia y que terminaron por derrocar aquella dictadura?
Desde mis convicciones más profundas, como viejo militante que fui del socialismo democrático, afirmo que lo que se vive hoy en Siria es la negación absoluta, la perfecta contracara de aquello en lo que tantos, y tan profundamente, creímos. Bachar al Asad no es mejor que Pinochet o que Videla; ni un poquito. Terminará como ellos, sin duda; pero mientras ese fasto acontecimiento no llegue, es necesario terminar con esta barbarie desatada, vergüenza de todo el género humano.
Verguenza del género humano
20/Mar/2012
El Observador, Lincoln Maiztegui Casas