Si las potencias de Occidente hubieran observado pasivamente como Gadafi bombardeaba las ciudades que se habían emancipado de su régimen, habrían recibido una ola de críticas mayor que la que les está cuestionando la operación militar en marcha. Así ocurrió cuando la etnia hutu exterminó a un millón de tutsis en Ruanda. También cuando las sanguinarias milicias janjauí, armadas y financiadas por el líder sudanés Omar Bashir, ejecutaron su operación de exterminio en Darfur. En ambos casos se les cuestionó no mover un dedo, o reaccionar demasiado tarde.