Jedwabne, 10 de julio de 1941. El sol del verano brillaba con fuerza, casi con ensañamiento sobre la plaza principal de este shtetl -pueblo de mayoría judía- en el extremo Noreste de Polonia, a ciento noventa kilómetros de Varsovia. Un pueblo rural, entre ríos y trigales, apenas cuatro kilómetros cuadrados marcados en el mapa, sin señas particulares si no fuera por un hecho que lo puso en la memoria del horror y permaneció silenciado hasta hace poco tiempo: setenta años atrás, la mitad de los vecinos de Jedwabne asesinó o vio asesinar impertérrita a la otra mitad, más de mil personas de origen judío, bajo el aliento de unos pocos soldados de la gendarmería alemana presentes.