Guilad Shalit volvió a casa. El verlo sonriente, aunque muy delgado y muy pálido, del lado israelí, eso es lo central. “Ven, papá y mamá están aquí”, le dijo el Primer Ministro Benjamin Netanyahu poco después de saludarlo y darle la bienvenida a Israel. Y eso es lo central. Volvió al seno de su familia, de su pueblo, del país que lo esperó expectante y contuvo el aliento muchas veces preocupado por su destino.
Luego, el abrazo con su padre, Noam. Y más en privado, en una pieza cerrada, el reencuentro también con su madre Aviva, con la que tantas madres se identificaron en Israel en los últimos años. Pero más allá de la felicidad personal de la familia y del propio Guilad, su regreso es un evento nacional. Y el significado de todo lo que lo envuelve, de todo lo acontecido, es un reflejo de la singularidad de Israel.