El líder libio, Muamar el Gadafi, fue muerto mientras huía, en las afueras de su ciudad natal, Sirte. Las fotografías de su cadáver recorren el mundo, y traen a la memoria las imágenes del cuerpo del Duce, colgado de un andamio en la amplia Piazzale Loreto, en el centro de Milán, luego de haber sido fusilado por los partisanos, el 28 de abril de 1945. La desaparición de Gadafi abre una nueva etapa, quizás aún más difícil que la guerra civil que la precedió, la etapa de construcción de la paz. Al principio, Gadafi aspiró a ser el heredero de Nasser. Se alineó con la Unión Soviética, de allí pasó al panislamismo y a una versión peculiar de socialismo (cuyos principios plasmó en el Libro Verde, una imitación del Libro Rojo de Mao, que ya nadie recuerda). Apoyó el terrorismo. Luego cambió de curso, se enfrentó al fundamentalismo de Al-Qaeda y se aproximó a las potencias occidentales, ansiosas de hacer buenos negocios con uno de los principales exportadores de petróleo. De Estado paria, Libia se convirtió en un miembro de la comunidad internacional quizás más tolerado que respetado.
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