Lo monstruoso es, por definición, aquello que se desvía del curso natural de las cosas, poniendo a prueba nuestro entendimiento y entereza. Por eso, para no enloquecer, necesitamos a veces aislar la maldad intrínseca del monstruo y acercarnos a él mediante elipsis. Meterle una bala en la cabeza a un niño después de darle caza junto a la verja de su colegio pertenece sin duda a esa categoría aberrante de lo que queda fuera de la comprensión humana. Y, como sabía Borges, ante determinadas cosas solo podemos referir o aludir, nunca expresar. Es imposible expresar, en efecto, toda la rabia, todo el dolor, toda la repulsa que ese acto inhumano comporta. De modo que, si queremos «entender» el crimen de Ozar Hatorah, el colegio judío de Toulouse donde un sicario del odio ha matado a tres niños y un adulto, así como los asesinatos de tres militares franceses en los días previos, recurramos mejor a la elipsis. Demos un salto en el tiempo.