Hosni Mubarak de Egipto, Alí Abdullah Saleh de Yemen, Zine Elabidine Ben Alí de Túnez y Muhammar Khaddafi de Libia (si es que puede ver desde el Más Allá) deben estar justificadamente celosos de Bashar al-Assad. Al igual que ellos, el presidente sirio debió confrontar con una población sublevada. A diferencia de ellos, él pudo masacrar a cerca de nueve mil, arrestar a alrededor de doscientos mil, ubicar minas en zonas fronterizas para dañar a fugitivos de la represión, atacar campos de refugiados en países vecinos, torturar niños y negar tratamiento médico a heridos, entre otras barbaridades, y aún así permanecer en el poder por más de un año. Lejos de considerarlo parte del problema, la familia de las naciones parece ponderarlo como parte de la solución a la crisis que él mismo creó y salvajemente perpetuó.