Cuando llegué a Nir Yiztjak, el kibutz donde vivo, hace 17 años, me sentía muy segura en mi casa, mi comunidad y muy cómoda con los palestinos que trabajaban en mi kibutz y formaban parte de mi vida cotidiana. En los últimos 14 años muchas cosas cambiaron, tuve que aprender a convivir con morteros que caen sin aviso como lluvia, aprendí que 15 segundos pueden ser el tiempo para salvar mi vida y la de mis hijos si logramos correr y encontrar un refugio cuando suena la alarma avisando que un misil ha sido lanzado contra la zona donde vivo.