Cuando llegué a Nir
Yiztjak, el kibutz donde vivo, hace 17 años, me sentía muy segura en mi casa,
mi comunidad y muy cómoda con los palestinos que trabajaban en mi kibutz y
formaban parte de mi vida cotidiana.
En los últimos 14 años
muchas cosas cambiaron, tuve que aprender a convivir con morteros que caen sin
aviso como lluvia, aprendí que 15 segundos pueden ser el tiempo para salvar mi
vida y la de mis hijos si logramos correr y encontrar un refugio cuando suena
la alarma avisando que un misil ha sido lanzado contra la zona donde vivo.
Muchos años le llevó al
resto del país entender lo que se vivía en esta zona: morteros, misiles de
diverso alcance, incursión de terroristas en la zona. Ahora que los misiles
llegan a casi todo el país, a todos nos queda claro que el día a día es una
lotería y que no hay lugar seguro.
Mis hijos fueron a
jardines de infantes que a lo largo de los años tuvieron que ser protegidos por
estructuras de cemento. Se educaron en una escuela protegida y ahora van a un
secundario especialmente construido para que los cohetes no los maten mientras
van a clases. Pero esa protección que ha costado tanto conseguir por parte del
gobierno es la prueba de que Israel defiende a sus ciudadanos.
Me resulta muy
angustiante ver imágenes de niños y civiles muertos o heridos en la Franja de
Gaza porque nadie los protege; porque los usan para defender sótanos repletos
de armamento (no lo digo yo, lo dice la gente de Unrra en la Franja); porque no
hay democracia; porque no se puede entender que un movimiento terrorista se
haya adueñado de un territorio.
Esta mañana, luego de una
muy mala noche de alarmas y explosiones, cuando estaba por entrar en la ducha
para tratar de despejar el cansancio y llegar a mi lugar de trabajo, sonó la
alarma y tuve que salir corriendo al cuarto de seguridad de mi casa. ¿A quién
le parece normal? A mí no, pero es la rutina que me acompaña en estos días más
que nunca y que se hace muy difícil. ¿Quién duda de que nada me gustaría más
que empezar el día tranquila y en paz? ¿Quién duda de que prefiero el sonido de
los grillos en las noches de verano y no de bombardeos?
Bañarse sin pánico, ir a
hacer las compras, ir a trabajar, cocinar algo que lleve un poco más que “un
ratito”, sentarse afuera en el porche de la casa a tomar un café o unos mates,
dejar que los hijos vayan solos a juntarse con sus amigos en el barrio, que se
suban al ómnibus para viajar al liceo, estudiar en silencio, salir de la casa
sin tener miedo de que una alarma te sorprenda, prender la televisión y no ver
imágenes de muertos y guerras… esas son cosas simples que hace la gente normal
y que dejaron de formar parte de mi vida y la de mi familia en especial en este
último mes.
En estos días fuimos testigos
de una poderosa arma que puede ser tan mortal como un misil: varias decenas de
túneles que se esconden bajo la tierra como una telaraña subterránea y salen en
las inmediaciones de poblaciones civiles.
Yo, a pesar de todo, sigo
apostando por criar a mis hijos sin odio y con esperanzas de paz y con la
esperanza de que ningún terrorista salga en mi jardín desde ningún túnel para
matarnos.
Sigo esperando que se
levanten esos palestinos que quieren vivir con tranquilidad y en buenas
condiciones, que se rebelen ante tanto terrorismo interno. Que reclamen sus
derechos a vivienda, salubridad, educación, fuentes de trabajo dignas, porque
me juego que como yo hay miles de personas del otro lado de la frontera que
quieren vivir en paz y prosperidad. ¿Cuánto tiempo más habrá que esperar?