Pocas veces un director tiene la posibilidad de enfrentarse a un material así, que funciona como una metáfora sobre la vida, la muerte, los derechos humanos. Su compositor, Viktor Ullman, perseguido por el régimen nazi, la compuso durante su cautiverio en el campo de concentración de Terezin, utilizando los instrumentos y las voces que tenía disponibles. Pocos años después, Ullman fue asesinado en Auschwitz.