Desde Bosnia o la República Democrática del Congo hasta Siria y Sudán, la violencia sexual ha sido y es utilizada de forma masiva como arma o táctica de guerra en los conflictos. Una táctica de terror y sometimiento que traumatiza a las víctimas y garantiza una destrucción de larga duración de comunidades o grupos étnicos. La cultura de la impunidad que ampara esos crímenes es el enemigo a batir en el la cumbre inaugurada hoy martes en Londres. Una reunión que servirá para sellar un verdadero compromiso internacional para que se investiguen y documenten estos crímenes; para que se persiga a los perpetradores y se garantice asistencia a largo plazo de los supervivientes; la mayoría –aunque no únicamente– mujeres y niñas.