Este año se cumplen 20
años del genocidio que acabó con la vida de miles de personas en Ruanda.
Immaculée Ilibagiza es una de las sobrevivientes y llegó a Uruguay para narrar
sus vivencias. Con 22 años estuvo tres meses escondida junto con otras seis
mujeres en un baño en el que apenas entraban de pie.
Pasó 91 días encerrada en
un baño de un metro por un metro junto a otras seis mujeres. Un pastor
protestante se ofreció a esconderlas en un pequeño baño al fondo de su casa y
tapó la puerta con un ropero. Apenas entraban de pie, se turnaban para sentarse
y procuraban no abrir el pase de agua para no hacer ruido.
Immaculée Ilibagiza entró
allí con 52 kilos y salió con 23. Tenía 22 años y pertenecía a los tutsis, la
tribu rival a los hutus que en 1994 tomaron el poder por la fuerza en Ruanda
provocando un genocidio que acabó con la vida de alrededor de 800 mil personas.
La familia de Ilibagiza
fue asesinada en frente a sus ojos por un amigo de la infancia, que pertenecía
a la tribu contraria. Descuartizaron a dos de sus hermanos para quedarse con la
casa y el terreno, pero ella logró escapar.
Como sobreviviente,
Immaculée dicta conferencias alrededor del mundo contando su experiencia y este
martes se encuentra en Montevideo.
“Estaba enojada, lo
primero que quería hacer al salir era explotar todo el país, sudaba de tanta
rabia, tenía síntomas físicos de rabia, me dolía la cabeza”, recordó Immaculée
al público en una de sus charlas esta tarde.
Como cristiana, rezaba el
Padre Nuestro, pero evitaba la parte de la oración que decía “perdona nuestros
pecados así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, porque no
lo hacía. Sentía furia.
Contó que pensaba en el
dolor y sufrimiento que habían pasado figuras como Nelson Mandela y Mahatma
Gandhi; y que con su sentimiento de odio hacia los genocidas se vio “del lado
de Hitler”.
“No quería estar en ese
bando”, expresó Immaculée y entonces se dispuso a perdonar. Orientó su voluntad
a pensar “que el amor y la paz” eran los caminos para salir adelante y logró
soportar los tres meses dentro de esas cuatro paredes.
Años más tarde se mudó a
Nueva York y empezó a trabajar en las Naciones Unidas, donde sus compañeros la
alentaron a contar su historia. Primero narró sus memorias en el libro “Guiada
por la fe” y más tarde escribió “Sobrevivir para contarlo”.