Loveth consiguió escapar del grupo yihadista, que la hizo prisionera junto a su familia en el norte de Nigeria. Ahora trata de recuperar su vida y tener un futuro, ayudada por la ONG Plan Internacional.
Loveth consiguió escapar del grupo yihadista, que la hizo prisionera junto a su familia en el norte de Nigeria. Ahora trata de recuperar su vida y tener un futuro, ayudada por la ONG Plan Internacional.
Básicamente, los tunecinos y el resto de la mayoría del mundo están de acuerdo: nadie quiere a los yihadistas. En ningún país de este planeta, los seudo-religiosos asesinos y violadores son bienvenidos. Se intenta, a toda costa, evitar a gente de esta calaña. Y no solo se les evita, sino que también se les quiere ver entre rejas.
Por primera vez una figura del establishment europeo de la Iglesia se ha pronunciado contra un argumento esgrimido con frecuencia por las élites políticas y culturales de Occidente que exonera al Estado Islámico (ISIS) de su brutalidad. El arzobispo de Canterbury, Justin Welby, declaró que para hacer frente a la violencia de motivación religiosa en Europa es necesario distanciarse de la postura, cada vez más popular, que sostiene que ISIS «no tiene nada que ver con el islam».
En la mayoría de los actos contra la guerra que se realizan casi a diario, es habitual concentrarse en las estrategias militares, los intereses de los “bandos”, el control geopolítico y la envergadura de los negocios que se derivarán de la “reconstrucción” de los países destrozados. Ahora se añade el drama de las “personas refugiadas”, a menudo convertidas en “terroristas” por políticos y medios de comunicación. Pero hay caras, efectos y consecuencias que son silenciadas, cuya crueldad es estremecedora. Uno de estos fenómenos es la violencia que sufren las mujeres en semejantes escenarios. Un titular: “Las mujeres en Alepo se suicidan para evitar ser violadas”.