Mario y Ahmad no creen que exista ningún Dios, por eso son temerosos de los hombres. Hoy se reúnen en un bar de copas del barrio cristiano de Mar Mikhael en Beirut, que también es una radio de música electrónica. Aquí las sesiones de house se encadenan como un rezo infinito, también por las mañanas, mientras los camareros lo preparan todo para otra noche de fiesta. Es imposible que alguien no deseado oiga lo que los jóvenes ateos quieren decir. «En Arabia Saudí nos ahorcarían, en Palestina o Egipto iríamos a la cárcel. Aquí no pueden hacernos eso, pero sí juzgarnos por blasfemia y convertir nuestra vida en un infierno», cuenta Mario.
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