Tras el 11 de septiembre de 2001, la flor y nata de los intelectuales europeos comenzó a buscar justificaciones para la yihad. Evidentemente, estaban fascinados por el rifle de asalto Kalashnikov, “el arma de los pobres”. Para ellos, lo que habíamos visto en Nueva York era una quimera, una ilusión. Las matanzas fueron supuestamente el suicidio de la democracia capitalista, y el terrorismo era la ira de los desempleados, el arma desesperada de un lumpen proletariado ofendido por la arrogancia de la globalización occidental.