Gadafi

Gadafi ha sido el dictador islámico más cercano a América Latina y uno de los más perniciosos. Su relación con Hugo Chávez es muy estrecha. Esto acaso explica que la residencia del embajador venezolano en Trípoli, Afif Tajeldine, fuera saqueada. Probablemente los asaltantes buscaban pruebas de las complicidades entre los dos coroneles. No lo que se conoce, sino los presuntos pactos ocultos. Los síntomas apuntan en esa dirección. Sin embargo, no es la primera vez que algo así ocurre. En 1992, Gadafi ordenó a sus partidarios que asaltaran y quemaran la embajada venezolana en Libia para vengar las sanciones impuestas por la ONU contra el país por su negativa a entregar a unos terroristas que habían destruido un avión de Pan American. En ese momento el Dr. Diego Arria, diplomático venezolano, presidía el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

En la lista con Ben Ali y Mubarak

Uno menos en el mapa. Aunque tardío, Khadafi fue el mejor abanderado de Occidente, el más solícito, el que hizo y deshizo a su antojo en cuanta capital Europa visitó. Lo dejaron reprimir a ultranza y exhibir sus excentricidades vacías mientras tuviera las cuentas al día con el FMI, dejara abiertos los portones de la explotación petrolera y de las inversiones, y combatiera a Al Qaida. Al igual que el tunecino Ben Ali y el egipcio Mubarak, Khadafi fue un amigo fiel de las grandes potencias. También fue el eterno escarapelado de una izquierda que lo siguió viendo como un emblema del antiimperialismo cuando el hábil dictador era ya, desde hacía mucho, un obediente soldado del capitalismo, un inversor voraz cuyos capitales circulaban en los mismos circuitos que su socialismo sangriento combatía con palabras. Seis meses después de la insurrección que se desató en la localidad libia de Benghazi luego del arresto del militante por los derechos humanos Fethi Tarbel, el coronel siguió los pasos de Ben Ali y Mubarak.

Mezcla de drama y road movie israelí

Una misión en la vida. La película cuenta la historia de un gerente de Recursos Humanos, incluido en el título original, que debe realizar un viaje a Rumania luego de que una empleada de una gran panadería de Jeruselén, donde trabaja, muriera víctima de la explosión de una bomba en un atentado. El hombre -que lleva una horrenda vida familiar con su pareja e hijo- es quien debe comunicar la tragedia, pero en el camino descubrirá cambios en su forma de ver el mundo. Como en toda road movie, el viaje es geográfico pero a la vez, vital.

Una primavera con nubarrones

Los festejos por la caída de dictadores perdurables en el mundo árabe son atemperados por la incertidumbre y los obstáculos para reemplazarlos con democracias ordenadas, en países que solo han conocido gobiernos absolutistas desde que dejaron de ser colonias de potencias europeas. Las perspectivas en Libia luego del colapso del régimen de Muammar Gadafi ensombrecen la primavera árabe con los mismos nubarrones que siguieron al triunfo de los levantamientos populares en cadena, primero en Egipto hace ocho meses y rápidamente propagados a otros países de la región. Diferencias religiosas, tribales y entre elites sofisticadas y masas atrasadas siguen postergando un ordenamiento institucional estable.