¿Volvimos al horror? Yo aún lo recuerdo

24/Nov/2022

Semanario Hebreo Jai- por Ana Jerozolimski

Semanario Hebreo Jai- por Ana Jerozolimski

Este miércoles de mañana, dos cargas explosivas fueron detonadas por terroristas cerca de una de las entradas a Jerusalem, matando a un jovencito de 16 años, Arye Schupak, cuando esperaba el ómnibus para ir a estudiar en su yeshiva, instituto de estudios religiosos. Más de 20 personas resultaron heridas, y en el momento de escribir estas líneas, un hombre de unos 50 años aún se debate entre la vida y la muerte. Hay otros dos heridos graves.

Fuentes de seguridad israelíes recalcan que es indudable que esto es producto del trabajo de una infraestructura bien organizada, no una iniciativa individual de un “lobo solitario”. Alguien estudió bien la zona, dónde se junta mucha gente, a qué hora, alguien por cierto preparó las cargas explosivas, alguien las escondió en bolsos, alguien las colocó en dos puntos relativamente cercanos uno del otro, programando cuándo detonarlos, al parecer desde lejos.

Las cargas, como sucedió en tantas otras ocasiones, estaban repletas de bolas de acero y clavos, destinadas por cierto a multiplicar el daño al salir despedidas por la explosión e incrustarse en la gente también a varios metros del lugar del estallido.

¿Volvió el horror a Jerusalem?

Muchos se lo preguntan hoy, recordando los años de las explosiones en los ómnibus. Y si bien está claro que hace años que no había un atentado de este tipo, ello no se debía a falta de voluntad de los terroristas sino a los continuos éxitos en la lucha anti terrorista de parte de las fuerzas de seguridad de Israel, en base a valiosa información de Inteligencia que permite una y otra vez llegar a los asesinos antes de que se conviertan en tales y logren cumplir con su objetivo.

El horror, claro está, se vive también cuando el atentado es con un cuchillo, un disparo  o un coche que embiste a la gente. Pero es cierto que la época de los atentados suicidas con explosivos, muchos de ellos en los autobuses pero también en cafés, restaurantes y otros sitios frecuentados por la población, fueron especialmente estremecedores.

Lo recuerdo bien.

Recuerdo el horror.

Ineludiblemente, el temor.

El temor de que me pase algo a mí o a algún ser querido.

Recuerdo los mensajes que iban y venían entre todos nosotros, los dos lados de la familia, preguntando cada uno “¿estás bien?” y confirmando si a fulanito que no había contestado, alguien lo había ubicado. Hasta cerciorarnos de que todos estábamos a salvo.

Y uno calculaba si mengano suele ir por el lugar donde explotó tal bus o nunca lo toma.

Recuerdo aquella vez de uno de los tantos atentados en Jerusalem y mi hijo menor no contestaba al teléfono. Ya había terminado el horario de clases y se iba al gimnasio, pero aún era temprano. ¿Y por dónde va? ¿Qué ómnibus toma? ¿Alguien habló con Alon? Finalmente, Gadi, su hermano mayor, llamó al gimnasio y recién acababa de llegar.

Pero antes de saber que estaba bien, cuando todo recién había comenzado y yo intentaba maniobrar entre mi trabajo y la red de preocupación, como suelo llamarla, llamé a  Onda Cero, la radio de España de la que soy corresponsal hace más de 30 años. Llamé, como siempre, a contar a los compañeros de turno qué había pasado, para saber si quieren que salga al aire. Y de repente, me puse a llorar. “Jana, ¿qué pasó?”, me preguntó la compañera que me había atendido, asustada. “Hubo un atentado, y no encuentro a mi hijo”. Quedó congelada. Silencio. Rato después, afortunadamente, pude aclararle que en lo personal, estaba todo en orden.

Esta mañana, recibí en uno de los servicios informativos a la prensa un video corto en el que un periodista le pregunta a un hombre religioso, de tupida barba, que estaba dentro de un coche, qué sintió con lo sucedido. “Siento que volvimos a los días del horror de las explosiones”. Era Ben Tzion Oiring, hoy jefe de ZAKA en Jerusalem. ZAKA es la organización de rescate compuesta por voluntarios en su enorme mayoría ultraortodoxos, que se dedican a la terrible labor de buscar los restos de las víctimas en escenarios de atentados, y tratar de garantizar digna sepultura.

Lo recordamos a Bentzi-como todos lo llaman- de múltiples escenarios de atentados. Lo veíamos con los guantes y las bolsas negras, serio y decidido, haciendo su labor. Esta mañana tratamos de entrevistarlo. Estaba en el hospital, con la familia del jovencito asesinado. Cumpliendo con su trabajo sagrado.

El horror nunca desapareció. Simplemente, cada tanto, cambia de forma.

Y que esté claro: no tiene nada que ver con el gobierno israelí de turno, ni con tal o cual política ni tal o cual frontera. Su nervio motor es el odio, el rechazo a la presencia judía en su tierra milenaria. Lo dicen ellos mismos, no es interpretación nuestra, aunque en inglés lo adornan con palabras de paz. Esas palabras no valen nada, no valieron cuando rechazaron  un sinfín de propuestas de paz que incluían sendas retiradas de Israel y por cierto no valen si son dichas en inglés mientras en árabe se miente al pueblo palestino diciéndole que tenían un Estado propio y los judíos se lo robaron. No valen si en árabe llaman a los asesinos de héroes y exhortan a sus niños a morir matando.

Horror, sí, no hay otra palabra.

Foto: Arye Schupak, 16 años, asesinado en una explosión terrorista en Jerusalem mientras esperaba el ómnibus para ir a estudiar.

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