El director ejecutivo del Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia (CRIF) advirtió que la historia, la identidad y el antisemitismo están chocando, forzando un ajuste de cuentas largamente postergado.
La relación entre Francia e Israel suele describirse como complicada. En realidad, es profundamente histórica y emocional, moldeada tanto por decisiones políticas como por la experiencia de los judíos franceses. Para comprender dónde estamos hoy, primero debemos recordar de dónde venimos.
La presencia judía en Francia se extiende por casi dos milenios. Desde la época romana, pasando por la Edad Media y hasta la modernidad, los judíos fueron parte integral de la historia francesa. Una de las figuras más influyentes del judaísmo, Rashi, vivió y enseñó en Francia en el siglo XI, dejando un legado que aún marca el estudio judío en todo el mundo. Esta larga historia forjó un profundo apego de los judíos franceses al país que ayudaron a construir.
Apoyo estructural
Francia desempeñó un papel decisivo en la creación del Estado de Israel. En los años previos a 1948 y durante las primeras décadas del país, París fue uno de los aliados más cercanos de Jerusalem en los planos político, diplomático y militar.
Esa alianza perduró hasta la Guerra de los Seis Días en 1967, que marcó un punto de inflexión. La polémica declaración de noviembre de 1967 del general Charles de Gaulle, en la que describió a los judíos como “un pueblo de élite, seguro de sí mismo y dominante”, junto con la decisión francesa de adoptar una nueva política árabe, alteró profundamente el tono de las relaciones franco-israelíes. Si bien los vínculos nunca se rompieron, algo esencial se perdió.
Durante todo este período —y mucho antes— la comunidad judía de Francia siguió otra trayectoria. Desde los inicios del movimiento sionista, los judíos franceses estuvieron activamente involucrados en el proyecto nacional judío.
Apoyaron instituciones sionistas, ayudaron a construir legitimidad política para Israel y, después de 1948, respaldaron al joven Estado mediante ayuda financiera, defensa política y aliá. Su compromiso no fue episódico; fue estructural y duradero. A través de generaciones, pese a la diversidad ideológica, el judaísmo francés permaneció profundamente vinculado a Israel como refugio y fuente de identidad.
Ese vínculo persistió incluso cuando las relaciones entre París y Jerusalem atravesaron altibajos pronunciados. La aliá (emigración a Israel) desde Francia nunca se detuvo. Osciló entre 1.500 y 2.000 personas por año, con aumentos marcados tras momentos traumáticos —en particular después del atentado islamista de 2012 contra una escuela judía en Toulouse, que mató a tres niños y a un rabino—.
Para muchos judíos franceses, Israel no era una idea abstracta sino una opción concreta y permanente, integrada en la vida comunitaria.
Judíos en la mira
Sin embargo, la vida en Francia también estaba cambiando. Desde 2003, doce judíos fueron asesinados en el país por terroristas islamistas, atacados explícitamente por ser judíos. Estos crímenes dejaron inicialmente a la comunidad con una profunda sensación de aislamiento.
Esa percepción comenzó a modificarse cuando Francia misma fue golpeada por atentados islamistas masivos: el Bataclan, el Stade de France y el ataque en Niza el 14 de julio. El terror se convirtió en una experiencia nacional. El sufrimiento judío dejó de verse como marginal o excepcional. Los judíos ya no estaban al margen del relato nacional, y la aliá comenzó a desacelerarse.
El 7 de octubre quebró ese frágil equilibrio. Para los judíos franceses, la masacre perpetrada por Hamás no fue un acontecimiento lejano. Fue un shock existencial que fusionó dos realidades: Israel luchando por su supervivencia y un repentino y violento aumento del antisemitismo en casa.
Se multiplicaron los actos y la retórica hostiles. Manifestaciones organizadas ostensiblemente en torno a la Franja de Gaza se convirtieron rápidamente en espacios de hostilidad hacia los judíos. Sectores de partidos de izquierda instrumentalizaron la guerra con fines políticos internos, tolerando o amplificando narrativas antisemitas bajo el pretexto del antisionismo.
Tras el 7 de octubre, los judíos franceses, liderados por el CRIF, se movilizaron para apoyar a las familias de los rehenes.
El carácter antisemita de muchas de las llamadas manifestaciones pro-Gaza quedó en evidencia también por su selectividad: no hubo movilizaciones comparables por la población iraní, ni por la comunidad drusa u otras víctimas.
Ruptura moral
Frente a esta situación, los judíos franceses se movilizaron inmediatamente. Durante casi dos años, se organizaron concentraciones semanales cada viernes cerca de la Torre Eiffel, convocadas por la Organización Sionista Internacional de Mujeres (WIZO) y el CRIF, para exigir el regreso de los rehenes. Estos encuentros se transformaron en espacios de resistencia, dignidad y claridad moral.
Junto a los judíos, numerosos no judíos —incluidos iraníes— participaron regularmente, unidos por el rechazo compartido a Hamás y al régimen iraní. Esa solidaridad trascendió lo simbólico: en la actualidad, dirigentes judíos también participan en manifestaciones organizadas por iraníes en Francia, reflejando una alianza creciente entre comunidades que enfrentan amenazas similares.
Al mismo tiempo, surgió un profundo resentimiento cuando el presidente francés Emmanuel Macron decidió reconocer el Estado de Palestina sin un contrapeso claro e inmediato —en particular respecto a la liberación de los rehenes, la seguridad de Israel o avances hacia un reconocimiento mutuo—.
La decisión se tomó pese a advertencias y llamados del CRIF y de numerosas figuras públicas francesas. Para muchos judíos franceses, fue una ruptura moral y política: un gesto realizado en el momento equivocado, con el mensaje equivocado y sin consideración por las preocupaciones judías.
Antisemitismo persistente
Hoy, incluso con un alto el fuego que alivió tensiones internacionales, el antisemitismo en Francia no retrocedió. Se volvió más normalizado y corrosivo, especialmente para los jóvenes judíos en escuelas y universidades, muchos de los cuales enfrentan insultos, discriminación y exclusión social por la constante confusión entre ser judío y ser israelí.
Por primera vez en décadas, algunos judíos cuestionan su lugar en la sociedad francesa —no por ideología, sino por agotamiento—.
Este momento exige lucidez. En los últimos dos años, los judíos franceses e Israel funcionaron como dos mitades de un mismo corazón, compartiendo ansiedad, resiliencia y esperanza. Pero el sufrimiento compartido no puede ser la base de una relación a largo plazo.
Por eso, iniciativas como ‘‘Voice of the People’’ (Voz del Pueblo), impulsada por el presidente israelí Isaac Herzog, son tan importantes. Reconocen que la relación entre Israel y la diáspora necesita espacios estructurados para la escucha, el desacuerdo y la responsabilidad mutua —no consignas ni expectativas unilaterales, sino una conversación genuina sobre identidad, seguridad, crítica y solidaridad—.
Los judíos de la diáspora no buscan lecciones ni distancia. Buscan el reconocimiento de su realidad vivida y una asociación basada en la confianza. En un momento en que el antisemitismo está redefiniendo la vida judía en todo el mundo, e Israel mismo está redefiniendo su lugar en el escenario global, este diálogo no es opcional. Es esencial.
El futuro de la relación entre Israel y la diáspora no se construirá solo en momentos de crisis. Debe construirse deliberadamente, juntos, y con la humildad de escuchar.