Nadie sabe si el discurso de anoche de Hosni Mubarak fue un suicidio político o una provocación. Pero al resistir a los llamados de renuncia, el presidente egipcio no sólo se mostró más alejado que nunca de la realidad de la plaza Tahrir, sino que pareció limitar el destino de la «revolución del Nilo» a dos posibilidades: un golpe de militares simpatizantes con el levantamiento o un baño de sangre.