«ME parece que lo mejor de todo es que lo que pienso y siento, al menos lo puedo apuntar; si no, me asfixiaría completamente», escribió Ana Frank el 16 de marzo de 1944 en su diario. Y al ingresar en la Casa de Ana Frank, en Amsterdam, y después de subir la estrecha escalera que conduce al escondite donde vivió desde el 6 de julio de 1942 hasta el 4 de agosto de 1944, algo le dice al visitante que no está en un museo más, sino en el corazón de una tragedia íntima y a la vez colectiva, la de una nena que a los trece años descubrió que el mundo no era el de sus sueños y que la única manera de soportarlo era escribiendo su propia historia.