El 20 de agosto de 1942 Göran von Otter, diplomático sueco, viajaba en tren desde Varsovia a Berlín cuando se le acercó un oficial de las Waffen SS, el cuerpo de combate responsable de las mayores atrocidades y crímenes de guerra. Este hombre, alto y atlético, sudaba, tenía los ojos llorosos, la voz ronca y fumaba un cigarrillo tras otro. Le dijo: «He visto algo horrible ayer». Durante las siguientes seis u ocho horas -las versiones difieren- el teniente Kurt Gerstein le describió detalladamente los procedimientos de exterminio que acababa de ver en los campos de concentración de Belzec y Treblinka, rogándole que transmitiera la información al gobierno sueco y a las fuerzas aliadas.