La memoria histórica de la que una colectividad participa, más allá de ser transminada por la experiencia personal y el pensamiento político, puede ser explotada por otro grupo según el interés. En tales casos la eficiencia del uso se centralizaría en los sentimientos compartidos emanados de hechos históricos significativos en el ideario colectivo. Si se buscase usufructuar de esa memoria ajena el dardo estaría enfocado a la debilidad subyacente de las emociones compartidas, sin importar la veracidad del argumento que desencadenó el tiro. El usufructo final de manipular la memoria histórica de una colectividad distinta a la propia es el desequilibrio y la merma de energías. La inestabilidad y la erosión se derivan de la actualización mental inducida e inesperada de los hechos seleccionados del pasado.