Hace seis meses un grupo de rebeldes obtenía su venganza y nacía la esperanza de porvenir de todo un pueblo. Muammar Gadafi era detenido en un desagüe y linchado hasta la muerte a las afueras de Sirte, tras cuatro décadas de una feroz dictadura responsable de miles de muertes, desapariciones y abusos. Su cadáver, destrozado y ya carcomido, yace en un lugar desconocido del desierto, pero la sombra del coronel sigue de pie sobre el futuro de la nueva Libia. La violencia, la tortura y la impunidad no se han borrado del paisaje. Los ocho meses de levantamiento popular armado contra el régimen de Gadafi provocaron un vacío de poder que las actuales autoridades aún no han logrado llenar. No hay Policía ni Ejército. Casi nadie conoce a los miembros del Consejo Nacional de Transición (CNT). Casi nadie conoce a los ministros del gobierno interino que se formó en noviembre. Muchas de las milicias surgidas durante los meses de lucha mantienen importantes zonas bajo su control y, lejos de asegurar la seguridad, provocan desesperación entre la población.