Contrario a lo que pensaron muchos al declinar el siglo XIX, los primeros decenios del siglo XX revelaron al ser humano en su costado más siniestro. Mientras se hablaba del carácter liberador y equitativo de la república, gobiernos surgidos de elecciones generales democráticas hacían trizas la ilusión de alcanzar el bienestar que permitiría el avance tecno-científico. Fue entonces que confrontaciones bélicas de magnitudes nunca vistas enterraban sueños en los yermos campos de batalla. Los signos más extremos de estos aconteceres surgieron durante el Tercer Reich. Concluido el interludio democrático de la República de Weimar, la crisis civilizatoria se materializó y extendió a la Europa ocupada. Prendió sobre la base de tradiciones culturales fuertemente arraigadas, que incluían la variable antisemita.