En Egipto, el último acto de violencia anticristiana, que se produjo el sábado 7 de mayo con un trágico balance de al menos 15 muertos y 200 heridos, han hecho sonar las alarmas en los ámbitos gubernamentales. Preocupado por la estabilidad del país, el primer ministro, Essam Sharaf, parece decidido a tomarse en serio la situación de la más numerosa minoría cristiana de todo Oriente Medio. De 6 a 10 millones de coptos, que constituyen el 10% de la población egipcia, se sienten ciudadanos de “segunda clase” en su propio país y se ven obligados a sufrir diversas formas de discriminación, de forma sutil o descarada.