Si hay alguien a quien no le resultan ajenos los sucesos actuales del mundo árabe es a las colectividades judías de todo el mundo. La razón es muy simple: los países árabes han provocado y sostenido el conflicto con Israel y, peor aún, se convirtieron en el motor del antisemitismo internacional post segunda guerra mundial, hasta la actualidad. Nadie más que nosotros puede desear un cambio radical en la realidad árabe. Y, por supuesto, que ese cambio sea hacia la democracia. Porque además de nuestras profundas convicciones democráticas, la historia del último siglo nos enseña que no ha habido guerras entre democracias.