Hace cinco años, un soldado israelí de diecinueve años fue secuestrado por los terroristas palestinos de Hamas. No fue hecho prisionero en una guerra declarada y amparado por todos los derechos que corresponden a cualquier prisionero de guerra. Desapareció. Nuestro Gobierno, como siempre sucede cuando la víctima es israelí, mira hacia otro lado. Y los cejeros que barritan no se han enterado todavía del suceso. Ahora están escondidos, temerosos de que salgan a la luz todas las trampas de la SGAE, de las que algunos de ellos han salido beneficiados con holgura. Pero aun así, con el escándalo de la SGAE sobrevolando sus cabezas y sus bolsillos, de haber sido secuestrado un terrorista de Hamas, ellos habrían organizado toda suerte de reuniones vociferantes para acusar de «asesino» al Estado de Israel, única democracia de Oriente Medio.