Las presiones económicas y diplomáticas de potencias occidentales contra Irán y Siria reconocen la responsabilidad de esos Estados como focos centrales del hervidero constante de violencia en el Medio Oriente. Aunque tienen en común su hostilidad a Israel y su respaldo a organizaciones extremistas, son casos diferentes. Siria vive una sangrienta convulsión interna por la rebelión popular contra la autocracia del presidente Bashar al Assad. Pero Irán representa una amenaza internacional mayor por su programa de armamentismo nuclear. Como lo confirma la historia reciente, sin embargo, sería un error peligroso llegar a la intervención armada que se maneja en estos días para tratar de poner en vereda al régimen de Teherán.